
Los riesgos sistémicos se moderaron sustancialmente tras la adopción de medidas de política históricas y la aparición de los primeros indicios de mejora de la economía real. Crece la confianza en que ya pasó el peor momento para la economía mundial, y eso apuntala la reanimación de los mercados financieros. Sin embargo, el riesgo de que vuelva a intensificarse el círculo vicioso entre el sector real y el sector financiero seguirá siendo considerable mientras los bancos continúen tensionados y los hogares y las instituciones financieras necesiten reducir el apalancamiento. Aunque los indicadores del riesgo soberano son más bajos que hace seis meses, la transferencia de riesgos financieros a las autoridades fiscales, sumada a la carga financiera que representa el estímulo fiscal, plantea inquietudes en cuanto a un posible desplazamiento del sector privado y a la sostenibilidad de las finanzas del sector público. Estas vulnerabilidades ponen de relieve la necesidad de fortalecer la intermediación financiera, restablecer la salud del sistema financiero y, en su momento, reducir los riesgos privados que están soportando los balances soberanos. Habrá que proceder con cuidado al desmantelar el respaldo público para evitar desencadenar una segunda crisis como consecuencia de un retiro prematuro o poner en peligro la credibilidad monetaria y fiscal como consecuencia de un retiro tardío. La autocomplacencia constituye ahora un riesgo: los problemas del sistema bancario podrían quedar irresueltos y las reformas regulatorias tan necesarias podrían verse postergadas o diluidas. Las autoridades deben apresurarse a planificar un marco regulatorio que mitigue la acumulación de riesgos sistémicos, afirme las expectativas y apuntale la confianza, contribuyendo así a un crecimiento económico sostenido.
